
Cada año la Navidad nos coloca ante el centro más hondo de la fe cristiana y, al mismo tiempo, ante un criterio decisivo para leer nuestra propia historia. El cristianismo no nace de una idea ni de un programa, sino de un acontecimiento que irrumpe en el tiempo: Dios ha querido entrar en la historia humana. “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14) no es una afirmación simbólica, sino la confesión de que Dios ha asumido la fragilidad, el tiempo y los procesos humanos. En el nacimiento del Niño de Belén se nos revela un Dios que no actúa desde la distancia, sino desde la cercanía; un Dios que no salva desde fuera, sino desde dentro de la vida cotidiana.
El santo padre Benedicto XVI expresó con particular claridad este realismo del cristianismo al considerar que la Encarnación no puede reducirse a una imagen piadosa: “Dios se ha hecho verdaderamente hombre. No se ha quedado en lo general, sino que ha entrado en la concreción de una existencia humana” (Jesús de Nazaret, cap. 1). La Navidad proclama así que Dios no teme los caminos humanos, ni sus ritmos ni sus etapas, y que su modo de actuar respeta el tiempo, el crecimiento y la maduración. Esta verdad ilumina también nuestra propia experiencia institucional, marcada por el trabajo paciente, la perseverancia y la fidelidad a una misión que no se improvisa.
El anuncio que resuena en Belén —“Hoy os ha nacido un Salvador” (Lc 2,11)— no pertenece solo al pasado. Es una palabra viva que alcanza también nuestro presente y lo interpreta. En este año que llega a su término, la Academia puede reconocerse dentro de esa lógica evangélica: seguimos aquí, nos hemos levantado y hemos fortalecido nuestra misión. No desde la autosuficiencia, sino desde la convicción de que lo que merece la pena requiere tiempo, cuidado y compromiso compartido. La Navidad nos enseña que Dios trabaja en lo pequeño, en lo silencioso y en lo constante, y que ahí es donde se prepara lo verdaderamente fecundo.
El Papa Francisco nos recordó en numerosas ocasiones que la Navidad es la fiesta de la cercanía de Dios, una cercanía que se manifiesta sin imponerse. En su homilía de la noche de Navidad de 2020 afirmó: “Vino al mundo como un niño viene al mundo, débil y frágil, para que podamos acoger nuestras fragilidades con ternura”. Este modo de actuar de Dios ofrece una clave decisiva para comprender también el camino recorrido por nuestra Academia desde marzo de este año: la fortaleza de la institución que surge al reconocer su fragilidad; la debilidad de nuestra humanidad; la reconstrucción en el silencio y la humildad, con la vocación de servicio como meta; el avance en nuevos y apasionantes proyectos centrados en la persona y en el esparcimiento de la DSI.
Desde esta perspectiva, la Navidad no es un paréntesis emocional, sino un criterio para discernir el presente y proyectar el futuro. Si Dios ha elegido nacer como un niño, entonces también nuestras obras humanas, cuando se sostienen en la verdad, en el trabajo bien hecho y en la comunión, poseen un valor que no depende del ruido ni del reconocimiento inmediato. Este año ha sido, en ese sentido, un tiempo de consolidación del equipo, de fortalecimiento de los vínculos y de clarificación del propósito que nos une. La Encarnación confirma que lo que crece de manera sana lo hace paso a paso, y que la fecundidad auténtica necesita raíces profundas.
El año que ahora concluye coincide, además, con el Año Jubilar de la Esperanza, convocado por el Papa Francisco bajo el lema Peregrinos de esperanza. Un año especialmente fecundo al permitirnos ver que la esperanza no es evasión ni ingenuidad ante la realidad que acontece, sino confianza en la fidelidad de Dios y de sus promesas. Un año que marcó de forma profunda a nuestra institución para recordarnos que solo en Él existe la verdadera fuerza que sostiene nuestra misión. Omnia possum in eo qui me confortat (Flp 4,13): todo lo puedo, todo es posible, en Aquel que me fortalece. Celebrar este Jubileo en el momento en que se cierra una etapa y se abre otra nueva nos ayuda a leer el camino recorrido no como una simple sucesión de hechos, sino como un proceso acompañado y sostenido.
En este Año de la Esperanza, reconocemos con gratitud que Dios ha permitido que el cierre de una etapa y el comienzo renovado de otra coincidan en el mismo tiempo de gracia. Esta simultaneidad no es solo cronológica, sino que puede llevarnos al discernimiento y el aprendizaje: mientras algo se ordena y se concluye, algo nuevo se abre con ilusión y con mayor claridad de propósito. El Papa Francisco que fue un gran profeta de la esperanza, insistió con fuerza en el impulso hacia delante, en la audacia que empuja a salir de las comodidades y de las pequeñas seguridades (Evangelii gaudium). Esa audacia serena es la que anima hoy nuestro proyecto común.
El Papa León XIV, en sus primeras catequesis sobre la Encarnación, ha subrayado que el modo de actuar de Dios se caracteriza por el respeto a los procesos y por la perseverancia. Dios no fuerza los tiempos, los habita. En la Encarnación aprendemos que la salvación madura en la fidelidad cotidiana. Este año marca el fin, pero también el inicio de una nueva cosecha. Ahora nos toca consolidar lo que hemos fortalecido, a la vez que cuidar, con paciencia, del proyecto que germina, recordando, sobre todo, que el fruto es para la sociedad, para los que tienen hambre y sed de justicia. Habitar los tiempos significa aceptar que toda obra con vocación de permanencia necesita madurar. El Niño de Belén crece durante años en Nazaret antes de iniciar su vida pública. También nuestra misión se ha ido afianzando mediante el trabajo constante y la confianza mutua. La Navidad legitima esta pedagogía del crecimiento y recuerda que lo verdaderamente sólido no nace de la prisa, sino de la fidelidad.
Miremos así al futuro con una esperanza serena y responsable. Evitemos ahora fatalismos, ingenuidades o soberbias que puedan hacernos desandar el camino marcado. Recordemos que podemos vivir el futuro con ilusión siempre que estemos verdaderamente siguiéndole, siendo fieles al Evangelio. Nuestra Navidad debe ser la Navidad de María y de José: esperar ilusionados la llegada del Hijo de Dios; esperar sabiéndose afortunados por el don recibido; esperar sabiendo que no todo lo harían bien, pero que en su sí al plan de Dios estarían siempre sostenidos por Aquel que les llamó primero. Y, por supuesto, seguir el ejemplo de María Santísima, meditando y conservando todo en nuestro corazón (Lc 2,19), disfrutando el camino y viviéndolo con intensidad y amor.
Que esta Navidad, vivida en el Año Jubilar de la Esperanza, nos reafirme en la convicción de que nuestra misión tiene sentido porque participa de la lógica misma de la Encarnación: comenzar en lo pequeño, fortalecerse en el tiempo y confiar en la fecundidad del futuro. Que el Niño que se nos ha dado nos enseñe a seguir trabajando con humildad y alegría. Y que el nuevo año nos encuentre unidos, fortalecidos y llenos de ilusión por el camino que se abre ante nosotros.