Mensaje de Esperanza con Motivo de la Navidad y el Nuevo Año

Al acercarnos a la Navidad y despedir este 2025, siento la necesidad profunda de escribirles con el corazón abierto, agradecido y lleno de esperanza. Este ha sido un año extraordinario para la Academia: un año de reconstrucción, de gracia, de trabajo incansable y, sobre todo, de comunión. Y quiero que estas líneas sean un abrazo a cada uno de ustedes, porque nada de lo vivido sería posible sin la fe, la entrega y la confianza que han depositado en esta misión compartida.

Cuando comenzamos el año, muchos de nosotros teníamos el alma en estado de búsqueda. Veníamos de tiempos complejos, con desafíos institucionales que nos exigieron discernimiento, prudencia y una enorme fortaleza espiritual. Pero el Señor —que jamás abandona a quienes intentan servirle con humildad— nos regaló algo decisivo: la certeza de que la “esperanza no defrauda”. Y con esa esperanza, que no es ingenuidad sino convicción evangélica, volvimos a levantar los pilares de la Academia, juntos, paso a paso.

Este 2025 fue un año de renacimiento. Se fortaleció el Consejo Directivo Internacional con la cercanía de nuestros cardenales, académicos y referentes de vida pública que, desde distintos países, iluminaron cada decisión. El Consejo Académico Internacional consolidó su misión de custodiar la calidad formativa de nuestros programas, y las Escuelas de Líderes Católicos, extendidas ya por tantos rincones del continente, vivieron un florecimiento admirable: encuentros, seminarios, misiones, ciclos de estudio y cientos de jóvenes descubriendo que la Iglesia los necesita como constructores de futuro. A cada director, cada obispo que acompaña este camino, cada formador y cada voluntario, gracias por sostener la llama encendida.

También fue un año de expansión: inauguramos nuevas escuelas, fortalecimos alianzas con universidades, diócesis y organizaciones hermanas, y dimos pasos sólidos para consolidar nuestra presencia internacional. Más de 2,800 personas pasaron por nuestros programas, trayendo consigo sus preguntas, sus talentos y sus sueños. Ellos son la razón más profunda de todo lo que hacemos, y verlos crecer en liderazgo evangélico es uno de los mayores regalos que este año nos deja.

Pero quizás lo más bello fue que este 2025 coincidió con el Año del Jubileo, ese tiempo de gracia que nos invita a volver al corazón del Evangelio, a dejar que Dios renueve lo que parecía gastado, a abrir espacios para la misericordia, la reconciliación y la alegría pura del encuentro. En cada actividad, en cada diálogo, en cada decisión institucional sentimos que este espíritu jubilar nos acompañaba, recordándonos que la verdadera fuerza viene de Él y que nuestra tarea es anunciar un mundo donde nadie quede afuera.

Hoy, al despedir el año, quiero agradecerles en nombre de toda la Academia por su fidelidad. A los miembros del Consejo Directivo y del Consejo Académico, por su sabiduría y su confianza; a los directores de escuelas y a los obispos que nos sostienen pastoralmente; a los profesores, colaboradores y voluntarios, por su entrega silenciosa; y, sobre todo, a nuestros queridos alumnos y egresados, que son testimonio vivo de que el liderazgo cristiano sigue teniendo un lugar insustituible en el mundo.

Que el 2026 nos encuentre unidos, creativos, valientes y confiados en esa esperanza que nunca falla. Y que María, Estrella de la Evangelización, nos tome de la mano para seguir anunciando con alegría aquello que cambia vidas: Cristo está vivo y camina con nosotros.

Con gratitud inmensa y oraciones por cada uno de ustedes,

Lara Bersano

Directora Ejecutiva Academia Internacional de Líderes Católicos