Por: Lara Bersano Calot

El pasado fin de semana tuve la oportunidad de compartir una conferencia en la Parroquia San Pedro en Buenos Aires, dirigida a la comunidad de líderes parroquiales, con la participación de sus párrocos y fieles de distintas edades comprometidos con la misión pastoral. El encuentro fue una instancia de reflexión profunda sobre cómo vivir hoy una verdadera “Iglesia en salida” que no solo anuncie el Evangelio, sino que aprenda también a comunicarlo según las formas en que las personas contemporáneas buscan, consumen y procesan información.
La comunicación de la fe en el siglo XXI no puede reducirse a la publicación de eventos parroquiales ni a la difusión de contenidos religiosos en redes sociales. El desafío es más profundo: se trata de habitar los espacios donde las personas ya están desarrollando sus búsquedas existenciales, espirituales y comunitarias.
Vivimos una transformación cultural que afecta la manera en que las personas se vinculan, creen, pertenecen y buscan sentido. El Papa Francisco lo expresó con claridad en 2015 al afirmar que “no estamos viviendo una época de cambios sino un cambio de época”. Esta afirmación no es meramente retórica; implica que los modos tradicionales de comunicación eclesial resultan insuficientes si no son repensados a la luz del nuevo contexto cultural y digital.
Hoy la experiencia humana —desde la construcción de la identidad hasta las búsquedas de significado— ocurre en gran medida en entornos digitales. La conversación pública ya no se desarrolla únicamente en espacios físicos o institucionales, sino en plataformas interactivas, audiovisuales y participativas. En este contexto, la Iglesia no puede comunicar como si estuviera en 1995. Debe comprender que la cultura digital no es simplemente un instrumento, sino un ambiente.
Los datos sociológicos muestran que la dimensión religiosa no ha desaparecido. El cristianismo continúa siendo la religión con mayor número de adherentes a nivel global, con más de 2.380 millones de cristianos en el mundo y más de 1.390 millones de católicos. En África y Asia el crecimiento es sostenido. En América Latina, en cambio, se observa una disminución de la afiliación cultural automática al catolicismo, pero no una desaparición de la búsqueda espiritual. Lo que disminuye es la identidad heredada; lo que emerge es una pertenencia elegida.
Esta transición es significativa. Pasamos de una fe por tradición a una fe por convicción. Y la convicción requiere procesos, acompañamiento y experiencia.
Entre los diversos estudios que leí para preparar la presentación y en mi experiencia en distintos foros, vemos como sigue en ascenso la búsqueda de prácticas espirituales en línea, como oración, participación en celebraciones litúrgicas o formación bíblica. Asimismo, una mayoría relevante de católicos ha incorporado nuevas formas digitales de vivencia religiosa desde la pandemia. YouTube se consolida como el espacio preferente para el consumo de contenido espiritual, y el uso de aplicaciones religiosas está en crecimiento. Hoy me enteré que Hallow (una App estadounidense de oración y practica de la Fe) es la tercera App más descargado de Apple.
Pero ninguna instancia de oración o de capacitación en línea puede aun interpretarse como una sustitución de la comunidad presencial, sino como una ampliación del espacio donde la fe puede ser comunicada. La cuestión no es si debemos estar en el entorno digital, sino cómo estar.
Evangelii Gaudium nos recuerda que: “La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción” (Francisco, 2013, n. 14). Esta frase implica un cambio profundo en la lógica comunicacional. No se trata de convencer mediante argumentación reiterada, sino de generar una experiencia que resulte atractiva por su coherencia, belleza y humanidad.
Si queremos sumar más manos, mas fieles, más almas a la Iglesia, el testimonio es el camino. El mismo documento insiste en que “la realidad es superior a la idea” (Francisco, 2013, n. 231), recordándonos que la comunicación no puede quedar atrapada en abstracciones doctrinales desconectadas de la vida real.
En el ámbito digital, uno de los riesgos más frecuentes es confundir visibilidad con pertenencia. Muchas comunidades eclesiales cuentan con seguidores, visualizaciones e interacciones. Sin embargo, la pregunta pastoral no es cuántos miran, sino cuántos pertenecen. Audiencia es quien observa; comunidad es quien se integra.
La Iglesia primitiva no fue una audiencia organizada, sino una comunidad unida por vínculos reales. El libro de los Hechos afirma que “la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32). La identidad cristiana se construyó en torno a la pertenencia, la corresponsabilidad y el cuidado mutuo.
Las investigaciones contemporáneas muestran que, en contextos urbanos, las búsquedas culturales más recurrentes giran en torno al sentido existencial, la pertenencia, la seguridad emocional y la confianza interpersonal. En América Latina se observa una disminución de la confianza institucional, pero no una disminución proporcional en la búsqueda espiritual. Las personas no han dejado de buscar trascendencia; han dejado de confiar automáticamente en estructuras.
Esto tiene consecuencias directas para la comunicación pastoral. La persona urbana no pregunta en primer lugar por doctrina. Pregunta si será escuchada, si podrá mostrarse vulnerable, si encontrará un espacio de pertenencia. Si la comunicación eclesial comienza con exigencias antes que con escucha, no logra conectar con esa herida existencial.
La transición de audiencia a comunidad ocurre cuando se integran cuatro dimensiones fundamentales: reconocimiento personal, participación activa, vulnerabilidad compartida y propósito común. Sin estos elementos, la comunicación puede ser eficaz en términos de alcance, pero no en términos de discipulado.
Por eso, comunicar hoy la fe implica más que producir contenido. Implica generar vínculos. Implica crear espacios donde las personas puedan interactuar, contar su historia y experimentar acompañamiento. No basta con transmitir celebraciones; es necesario construir comunidad alrededor de ellas. No basta con anunciar actividades; es necesario mostrar vidas transformadas.
El desafío actual no es competir con el algoritmo en velocidad o volumen. Es ofrecer profundidad, coherencia y esperanza en medio de una cultura saturada de estímulos. En definitiva, comunicar hoy la fe es contribuir a formar discípulos, no simplemente seguidores.
Jesús fue claro en su mandato: “Vayan y hagan discípulos” (Mt 28,19). No se trata de generar audiencia, sino de acompañar procesos de vida que conduzcan a una pertenencia real y transformadora.
En un cambio de época, la Iglesia está llamada a comunicar de manera más humana que el algoritmo, más misericordiosa que el debate polarizado y más profunda que la tendencia pasajera. Esa es la tarea que hoy tenemos por delante.