Por Elena Herrero, Escuela de Líderes Católicos de Nueva York.
En Exclusiva desde España – Enviada Especial.
La visita del Santo Padre a España ha sido mucho más que un acontecimiento religioso. Ha representado una manifestación pública de fe, una invitación a la esperanza y una llamada a renovar el compromiso de los católicos con la sociedad. Como afirmó el cardenal Diego Padrón, miembro de la Junta Directiva de la Academia Internacional de Líderes Católicos, el viaje constituyó “un testimonio maravilloso de belleza y unidad”.

Frente a quienes preveían una acogida tibia en un contexto de creciente secularización, la respuesta ciudadana fue contundente. Los 2,5 millones de personas que participaron en las distintas actividades del viaje y los 18,8 millones de espectadores que siguieron los acontecimientos evidenciaron la vitalidad de la fe en España. Aunque el Centro de Investigaciones Sociológicas registra una caída del 17,4 % en el número de católicos durante los últimos dieciséis años, la Iglesia mantiene una notable capacidad de convocatoria.
Especialmente significativa fue la presencia de cientos de miles de jóvenes, que acompañaron al Pontífice con el deseo de impulsar una nueva generación de líderes comprometidos con la dignidad humana, la justicia social y la cultura del encuentro. “Para contrarrestar con los líderes que tenemos ahora”, expresó un joven durante la vigilia celebrada en Madrid.
En su primer gran encuentro multitudinario en la capital, León XIV animó a los jóvenes a no tener miedo y a vivir con valentía su vocación, tanto en el matrimonio como en la vida consagrada. Los invitó a convertirse en una “Biblia abierta” para quienes los rodean y a “salir de nuestra zona de confort y aprender de otras perspectivas”. Presentó el diálogo como el camino para cultivar el respeto y la empatía, y para “vivir en la unidad, en medio de la diversidad”.
Los testimonios de Pablo y Susana reflejaron el impacto de este mensaje. Pablo definió el encuentro como “una oportunidad para encontrarme personalmente con Jesús, porque cada día hay que convertirse”. Por su parte, Susana expresó su deseo de encontrar “un referente católico que sea un líder en su trabajo, en su familia y en la fe para que yo, el día de mañana, pueda ser una líder católica que ofrezca una cara buena, paz y entendimiento”.
El Papa insistió en que la Iglesia necesita líderes que integren competencia profesional, profundidad espiritual y sensibilidad social. Recordó que no basta con ocupar puestos de responsabilidad, sino asumir “la responsabilidad que tenemos cada uno de nosotros frente a las miserias humanas, y no conformarnos con responsabilizar a Dios por ellas”. Asimismo, subrayó que la empatía debe “aflorar a través del roce” para “destruir los muros” y fortalecer el papel de las parroquias y las comunidades, lugares donde “se encuentra la fe viva y compartida”.
Su mensaje trascendió el ámbito eclesial durante su intervención en el Congreso de los Diputados, que concluyó con siete minutos de aplausos de representantes de casi todos los partidos políticos, salvo dos. Allí exhortó a las autoridades a “alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír”. También afirmó que “la verdadera seguridad nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra”.
Esta visión coincide con la misión de la Academia Internacional de Líderes Católicos, dedicada a formar dirigentes capaces de integrar fe, pensamiento crítico y compromiso ciudadano en los ámbitos cultural, educativo, económico y político. Su presencia en diversas diócesis españolas y el respaldo de la Conferencia Episcopal Española fortalecen este objetivo de preparar una nueva generación de líderes inspirados por el humanismo cristiano.
La visita papal también renovó el compromiso de la Iglesia con los grandes desafíos contemporáneos, entre ellos la pobreza, el cuidado de la creación, la defensa de la vida, la promoción de la paz, la construcción de sociedades más justas y las migraciones.
Precisamente, el fenómeno migratorio llevó al Santo Padre a las islas Canarias, una tierra “abierta, sin murallas”, donde la Academia desarrolla su labor con el apoyo del obispo Eloy Santiago y del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias. Su director, el padre Jesús Manuel Gil Agüín, destacó que esta iniciativa constituye “una oportunidad de acompañar a personas con vocación de servicio”, ayudándolas a construir puentes mediante el pensamiento crítico y el diálogo.
Durante su encuentro con inmigrantes, León XIV recordó en francés que “el corazón de Cristo también fue dañado y acogido por otras personas”. Añadió que los discípulos fueron “migrantes misioneros” y que quienes llegan a nuevos países aportan un “tesoro de humanidad” que enriquece a las sociedades. En Tenerife insistió en que la acogida debe convertirse en una experiencia comunitaria que permita anunciar el Evangelio con respeto a la libertad de cada persona: “Evangelizar es ofrecer con humildad, sin imponer”.
El cardenal Diego Padrón resumió el significado del viaje en tres elementos: la extraordinaria acogida del pueblo español pese a la secularización y las dificultades socioeconómicas; la sintonía entre el Papa y la ciudadanía; y la capacidad de la Iglesia para utilizar la tecnología de manera significativa, como mostró el espectáculo de drones en Barcelona. A ello se sumaron gestos profundamente humanos, como las más de cien bendiciones impartidas por el Papa a niños.
La visita de León XIV deja una huella de esperanza y una tarea concreta: poner en práctica sus enseñanzas. Como señaló el cardenal Padrón, el desafío consiste en redescubrir la vigencia de la doctrina social de la Iglesia y fortalecer iniciativas como la Academia Internacional de Líderes Católicos para formar personas capaces de servir, dialogar y transformar la sociedad desde la dignidad humana y el bien común.