Una propuesta de esperanza desde la Ciudad Primada de América
Dr. Mario J. Paredes, presidente del Consejo Directivo Internacional, AILC
Santo Domingo, República Dominicana mayo de 2026.
Estimados obispos, hermanos y hermanas:
Nos convoca en la histórica ciudad de Santo Domingo un acontecimiento que trasciende la agenda ordinaria de nuestras instituciones. Al dar inicio al I Encuentro Internacional de Escuelas de Líderes Católicos y al Encuentro de Obispos diocesanos colaboradores de la Academia, no solo estamos marcando un hito en el calendario, sino que estamos realizando un acto de profunda fidelidad a la misión evangelizadora en el corazón de la vida pública. En esta «Cuna de la Evangelización», donde el Evangelio fecundó por primera vez las tierras americanas, nos reunimos para discernir los signos de los tiempos y proyectar, con audacia y humildad, una respuesta a la crisis de sentido que atraviesa nuestra civilización.
Este encuentro se celebra bajo el lema «Nuevo Liderazgo para una Nueva Humanidad», una síntesis que no es fruto del azar, sino de un discernimiento sobre el «cambio de época» que habitamos. La humanidad actual, herida por la fragmentación, el individualismo y una tecnocracia que a menudo olvida la trascendencia del ser humano, clama por una luz que devuelva la esperanza a las estructuras sociales, políticas y económicas. Nuestra Academia, tras dos décadas de camino formativo, acompañando a América Latina en sus más crudas realidades, entiende que la respuesta a este clamor no vendrá de fórmulas técnicas ni de liderazgos mesiánicos, sino de hombres y mujeres cuya autoridad nazca del servicio y cuya inteligencia esté iluminada por la caridad.
I. La Iluminación del Magisterio: De la Compasión a la Acción
No podemos hablar de un «Nuevo Liderazgo» sin hundir nuestras raíces en la riqueza del magisterio social. La publicación de la Exhortación Apostólica Dilexi Te del Papa León XIV ha venido a confirmar la trayectoria de nuestra Academia. En este texto, que prolonga la respiración del Espíritu iniciada por el Papa Francisco, se nos recuerda que el amor de Cristo debe traducirse necesariamente en compromiso, en estructuras y en servicio concreto. El Santo Padre es categórico: los pobres no son un problema social entre otros; son memoria viva de Cristo y su condición representa un grito que interpele constantemente nuestros sistemas.
Para la AILC, esta enseñanza es el núcleo de nuestra pedagogía. En sintonía con la larga historia de la Doctrina Social de la Iglesia, desde la Rerum Novarum hasta Fratelli Tutti, sostenemos que la educación de los líderes no es un favor ni una preparación para ocupar espacios de poder, sino un deber de justicia. La autoridad cristiana se define por la compasión, y no por la mera eficiencia. Quien desea liderar en esta nueva humanidad debe aprender, primero, a dejarse afectar por el dolor ajeno. Como bien señala Dilexi Te, la indiferencia es la forma más insidiosa de pobreza espiritual. Por ello, nuestro itinerario formativo busca formar líderes no solo competentes, sino santos, capaces de dar testimonio de Cristo vivo en la complejidad de la historia actual.
II. Una Estrategia Continental: El Tejido de la Comunión
La estrategia que la Academia despliega para el periodo 2026-2030, y que hoy compartimos con ustedes los miembros de nuestras escuelas y los pastores de nuestras diócesis, se fundamenta en la creación de un tejido eclesial de liderazgo. No somos una suma de escuelas aisladas; somos una comunidad de discernimiento que busca fortalecer el vínculo entre los Obispos, los académicos y los laicos. La presencia de los sucesores de los apóstoles en este encuentro es para nosotros un signo indispensable de comunión eclesial. Sin este acompañamiento pastoral, el liderazgo laical corre el riesgo de volverse una autorreferencialidad estéril; con él, se convierte en una fuerza transformadora que anima el tejido social desde adentro.
Nuestras más de 40 escuelas activas en la región —desde México hasta Chile, pasando por Estados Unidos, España y el Caribe— tienen la misión de ser laboratorios de «amistad social». En un mundo polarizado, el líder católico debe ser un artesano de la paz y un constructor de puentes. La estrategia de la AILC no busca imponer una ideología, sino proponer una cultura del encuentro donde la dignidad humana sea el criterio último de toda acción pública.
III. Hacia la Declaración de Santo Domingo: Una Hoja de Ruta Común
Como fruto de este tiempo privilegiado de oración y trabajo, aspiramos a presentar la Declaración de Santo Domingo. Este documento no será una proclama de intenciones abstractas, sino una hoja de ruta común para los próximos años. En ella, queremos plasmar un compromiso ético renovado con la formación de líderes cuya gestión pública sea una prolongación de su fe y del servicio al pueblo de Dios.
Buscamos que la formación que impartimos en nuestras escuelas sea capaz de dialogar con los desafíos tecnológicos, éticos, económicos, sociales y culturales de nuestro tiempo. No tememos a la modernidad: queremos habitarla con el espíritu del Evangelio. Como nos enseña el magisterio, la fe debe hacerse cultura. Por eso, nuestros programas subrayan que la pobreza no se combate solo con asistencia, sino con conocimiento, dignidad y oportunidades que permitan al ser humano ser protagonista de su propio destino.
IV. Conclusión: La Audacia de la Esperanza
Concluyo estas reflexiones con el corazón lleno de gratitud. La Academia Internacional de Líderes Católicos es hoy una realidad pujante que abraza diversos países y culturas, nacida de la intuición de que el Evangelio es una fuerza capaz de renovar la faz de la tierra. Nos congratula ver cómo tantos hombres y mujeres deciden abrazar la vocación política y social como una forma alta de caridad.
A la luz del magisterio, recordamos que Dios no se acerca a nosotros con teorías, sino con un amor que se hace presencia. Nuestra Academia quiere ser ese lenguaje de amor traducido en acción, en pensamiento riguroso y en presencia profética junto a los que más sufren. Que este encuentro en Santo Domingo sea el fuego que encienda una nueva etapa de compromiso, para que el liderazgo cristiano sea siempre sinónimo de servicio, humildad y justicia.
Regresemos a nuestras diócesis y escuelas con la alegría del discípulo y la audacia del misionero. El futuro de nuestras sociedades depende, en gran medida, de nuestra capacidad para formar corazones que sepan amar con hechos y en la verdad. La Nueva Humanidad ya está germinando, seamos los humildes servidores de la mies que buscan que de mucho fruto.